Vitamina “E” para el alma: empatía

Un grito mudo. Una debilidad que no permite siquiera levantar la mano. Un inventario en ceros de las cosas que se nos apetece hacer hoy. Un llanto seco, agudo, doloroso. Una incapacidad perversa de ver la luz, mirar al sol, esperar la luna o contar estrellas. Tantas cosas y tan pocas. Tantos sentimientos y tan pocas acciones. No hay palabras que nos permitan entender la tristeza, no alcanza la gramática para construir frases que logren explicar la dimensión de la depresión, o de la ansiedad, o de la soledad.

No puedo decir con certeza que haya tenido, tenga o sepa exactamente qué es la depresión o qué es convivir con alguna enfermedad de salud mental, pero sé qué es estar triste. Si mi tristeza duele, no me atrevo siquiera a pensar cómo será vivir con ese hueco en el alma al que, muchas veces de manera desencajada e informal, llamamos depresión.

La depresión es una enfermedad frecuente en todo el mundo. Según cifras de la Organización Mundial de la Salud – OMS, se calcula que afecta a más de 300  millones de personas, y que, en el peor de los casos puede llevar al suicidio. Cada año se suicidan cerca de 800 mil personas y el suicidio es la segunda causa de muerte en el grupo etario de 15 a 29 años. Igualmente, según la OMS, más de 260 millones de personas a nivel mundial padecen de ansiedad. Y en solo Japón, casi 21 mil personas se quitaron la vida en 2020, esto es un 3,7% más que en el año anterior, marcado por el alza de casos de mujeres y jóvenes.

Hoy, al tiempo que sobrevivimos en medio de una pandemia causada por la propagación de un virus que ha contagiado a más de 125 millones de personas, estamos viviendo en un mundo enfermo de tristeza. Los pacientes con problemas de salud mental no tienen un rango de edad, no tienen un color determinado de piel, o un nivel socioeconómico particular. Ellos y ellas pueden estar en tu casa, en tu barrio, en tu equipo de trabajo, pueden ser tus amigos, tus vecinos, tu familia. Ellos y ellas pueden ser tú también, aquí ni hay cura, ni vacuna, ni inmunidad de rebaño. Aquí somos susceptibles todos.

Sin embargo, una palabra, una sola palabra, puede transmitirle esperanza a un mundo cada vez más afectado por el dolor: la empatía. Ser empáticos, hoy, más que una cualidad, debe ser un modo de vida. El ejercicio de ponerse en los zapatos del otro debería ser tan importante como el ejercicio físico, o el ejercicio mental, o la meditación.

La empatía según la Real Academia Española – RAE, es la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos. No obstante, la empatía va más allá y es comprender la vida emocional de otra persona, con todo y su complejidad. Ser empático es escuchar con atención, con respeto, comprendiendo, sin juzgamiento, sin quedarse en las palabras, ahondando en las emociones, dejando claramente visible el apoyo y la solidaridad, y centrándose única y principalmente en el otro.

Mi rutina de ejercitar la empatía comienza por conectarme con el otro, reconocer sus emociones, escucharlo activamente hasta comprenderlo. Ser empático no es necesariamente buscar soluciones, o encontrar lecciones de vida en las situaciones, o compartir mis opiniones, o mis experiencias hasta que el otro se sienta mejor. De nuevo, no se trata de mi. Es tan sencillo como escuchar al otro para comprenderlo, o abrazarlo hasta consolarlo.

Recordemos, no nos queremos porque seamos iguales; no somos amigos porque actuemos igual o busquemos lo mismo; no escogemos los vecinos pero convivimos, nos cuidamos; no nos encontramos en la vida por casualidad, vivimos con propósito. El mundo está enfermo de tristeza, necesitamos fortalecer nuestra alma y nuestro corazón con vitamina “E”: empatía.

Romanos 12:15

Si alguno está alegre, alégrense con él; si alguno está triste, acompáñenlo en su tristeza.

PD. Ama a quien Dios ponga a tu lado por lo que es, no por lo que quisieras que fuera. Valora los momentos en que las personas han estado contigo, deja de contar solo cuando han estado ausentes. Guarda a las personas en tu corazón enmarcadas en buenos recuerdos, sonrisas, historias felices. No castigues a quien no está, cuando no sabes cómo está. A quién no te ha hablado, cuando no sabes si puede modular palabra. La tristeza es muda, silenciosa, se camufla en ausencias.

Foto: Licencia de Pixabay

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